A propósito de una novela de Diana Piazzolla*
Una reivindicación de nuestra lengua
Albino Gómez
/ Periodista y diplomático
Diana Piazzolla
Vale decir que este libro reivindica nuestro idioma, nuestra lengua, tan devaluada día a día, sobre todo en medios radiales y televisivos.
Porque pareciera ignorarse que, como decía Fernando Pessoa, no hay nación sin propiedad de lenguaje. Y es así cómo muchísima gente cree que da lo mismo hablar o escribir con propiedad o sin ella, que el lenguaje no importa, sin advertir que sin lenguaje no hay pensamiento, y que por otra parte, un lenguaje pobre o inadecuado produce un pensamiento de igual categoría, vale decir, pura confusión. Ahora bien, al analizar la novela de Diana, vemos cómo se cumple en ella una característica muy específica de la creación literaria, que consiste en auto contemplarse, descubrir en la mente el sentido de una experiencia real, desrealizar esa experiencia imaginándola como ficción, y por último, configurar la ficción en palabras. Diana lo ha hecho magistralmente bien. Y yo creo que escribir esta novela, debe haber movilizado en ella durante las 24 horas del día, una energía tan total, como para crearle un estado de indisponibilidad para todo lo que le fuera ajeno, prácticamente para todo lo demás. Y también se hace muy visible, que tal tarea le debe haber impuesto una mirada interior concentrada en el universo mental del espacio y tiempos recordados o imaginados, así como en el de los personajes que los habitaron. Y en ambos casos, un inevitable desdoblamiento que seguramente levantó entre ella y el mundo exterior, un muro que la separó durante todo ese tiempo de creación, de la vida, o al menos de las resonancias que ella tenía para los otros. Por otra parte, si bien escribir una novela es muy gravoso, debemos reconocerle que hoy como género, puede llegar a ser en ciertos casos, como lo es en éste que nos ocupa ahora, un mejor método que la sociología para aprehender la realidad, y esa es la percepción y decepción de los más lúcidos investigadores sociales ante la insuficiencia de sus herramientas teórico-conceptuales.
Y ya que entramos en la novela como género literario, señalemos también, que se trata de un género impuro, un género sin preceptivas, un género cambiante, y muy rico, tan rico y tan cambiante que se ha dicho con razón, que cada gran novela es como la creación de un género literario. Y es verdad, porque cada novelista que se enfrenta a esa tremenda empresa de interpretar y expresar al ser humano, sabe que no hay receta valedera, y si no es un imitador, y si no es un farsante, y si es un escritor o escritora que se encarga con seriedad vital, porque es vital el empeño a la obra que va a realizar, siente que lo que está haciendo no tiene patrón válido, no tiene guía, no tiene modelo; que sobre la marcha, el tema y los personajes le están exigiendo e imponiendo las cosas que hay que decir, y que dice finalmente. Entonces, lo que sale es el producto de todo ese proceso largo y confuso de gestación, de maduración, de reflexión, de lucha, de aceptación y rechazo.
Pensemos simplemente en las enormes diferencias que existen entre las grandes novelas de autores como Cervantes, Tolstoi, Dostoiesvky, Flaubert, Proust, Joyce, Kafka, Faulkner, los "objetivistas" franceses; García Márquez, ¡o Beckett!, que quería que leer una novela suya fuera una suerte de delirio no artístico, como escuchar en la radio una divagación muy aburrida, como agilizar un trámite en un
ministerio, como leer un diario político... (!).
Establezcamos comparaciones y diferencias. Y si vamos a los nuestros, desde el "Facundo" de Sarmiento, pasando por "Don Segundo Sombra", "Los siete locos", "Rayuela", "Sobre héroes y tumbas", "La invención de Morel" o el "Sueño de los héroes", las novelas de Jorge Asís, "Daimón" de Abel Posse, "El obscuro" de Daniel Moyano, "Sota de bastos, caballo de espadas" de Héctor Tizón, “Adanbuenosayres” de Marechal, hasta "Respiración Artificial" de Ricardo Piglia, y me detengo allí sin llegar a Juan José Saer o a los muy queridos e injustamente olvidados Marco Denevi o Eduardo Mallea. Y simplemente con los títulos y autores mencionados, cualquier lector podría establecer las comparaciones y diferencias que se le ocurran, pero todas esas obras son novelas, más allá de preferencias, gustos y disgustos. Como es novela esta estupenda obra de Diana Piazzolla, que refleja con enorme crudeza mucho de su vida, una vida fuerte, dolorosa, intensa, desbordante de humanidad. Y yo coincido plenamente con Remy de Gourmont, cuando dice que no hay otros textos que convoquen su interés activo o pasivo, que aquellos en los cuales el escritor se narra a sí mismo, habla de quienes lo rodean, de sus sueños, sus vanidades, sus amores y sus locuras. Y esto es lo que entre otras cosas del cuerpo y del alma -con todos sus gozos y dolores- ha hecho Diana Piazzolla en “Treinta y seis mudanzas”, donde además encaró el tema de la enfermedad con un rigor y una profundidad dignos de una Susan Sontag.
*Diana Piazzolla. Treinta y seis mudanzas. Editorial Corregidor, 2009
Albino Gómez, escritor, diplomático y periodista de radio, televisión y prensa escrita. Como funcionario del Servicio Exterior, se desempeñó en Montevideo, Santiago de Chile, Atenas, Pretoria, Ciudad del Cabo, Nueva York y Washington D.C. Fue asesor de la O.E.A. y Secretario Regional de Comunicaciones de la F.L.A.C.S.O. Luego, Embajador en Suecia, Kenia, Egipto y Embajador Concurrente en Somalía, Uganda, Etiopía, Sudán.

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