Revisionismo en El Arca (Edición Nº 41)
Arquitectura debería ser un poco más
Martín hacia el gran palacio, me puse a pensar –error reconocido pero
ineludible– y recalé en la arquitectura como pasión humana. Justicia,
Libertad, Derechos Humanos, ¿No lo son?
Alfredo Torchelli
/ Arquitecto, dramaturgo y escritor argentino
La arquitectura es forma que atrapa un espacio, formas que conforman un espacio. Espacios contenidos en espacios, con su luz, su atmósfera. Espacios definidos por la forma concretada en un material, una textura, un color, una dimensión, un orden, una armonía, euritmia. Canto y música donde viven y mueren gentes que hace millones de años tratan de quedarse haciendo más gente.
No es sólo la suma ni la integración de todos sus elementos. (“Es lo que queda entre las puertas, las ventanas y las paredes”. Lao Tsé. ) Y debe ser más.
En toda obra hay una energía creadora, la cual queda ínsita en la misma obra y vibrando a lo largo de la historia, esperando a los hombres y mujeres que en otros tiempos, con otras circunstancias, sean sensibles a esa energía. Los pueblos, las sociedades, no son la sumatoria matemática de los individuos. Tienen su lugar, ejercen su energía y crean las ciudades, por ejemplo.
¿Cuál es la magia del dolmen?, seguramente una creación colectiva. Debajo de ese espacio sentimos una especie de fuerza, valor agregado a la simple piedra, tal vez el esfuerzo monstruoso, la voluntad creadora que consiguió ponerlo sobre esa tierra como un lugar propicio y sagrado. Después de tantos siglos, seguimos sintiendo esa voluntad. Una relación ontológica propia de nuestra civilización antropocéntrica.
¿Cuál es la fuerza del conocimiento y la creación, reinante en la Grecia clásica o en el período gótico? Una fuerza de los conocimientos celosamente guardados que encierran el secreto que hace que el edificio encaje en su tiempo, en su cultura, y permite conectar la obra del hombre con el Universo. (Otra vez lo antropocéntrico como idea básica en la cultura de Occidente).
¿Acaso la obra de Miguel Angel, sus esculturas, la soberbia escalera de la biblioteca Laurenciana, no nos propone un diálogo con su turbulenta fuerza creadora? ¿Qué misterio, qué fuerza individual y colectiva a la vez nos subyuga, nos sobresalta y envuelve, cuando en Chartres nos sentimos parte de la sinfonía de piedra, tan conmovidos como frente al mar embravecido o a la fascinante Vía Láctea sobre el fondo negro de alguna noche seca y negra de soledades, así como frente a un sol naciente sobre el dormido y yacente horizonte de finas y tibias pieles?
Es la misma fuerza creadora, la voluntad de forma que sentimos en la Catedral o la casa Milá de Gaudí o en la locura mágica de las velas de la bahía de Sydney. Se siente en algunas obras de Le Corbusier, que expresa de una manera vital el secreto pitagórico de los números, de las proporciones geométricas, de las dualidades más profundas, buscando con un lenguaje actual los instrumentos de la antigüedad, los cuales unan a los hombres con el Universo. O los separen.
Es la misma fuerza que señala a Manhattan como una sociedad que muestra su propio universo de poder económico y tecnológico. A veces ese poder también fabrica bombas y la sinrazón las tira sobre congéneres inocentes, quienes sólo están viviendo. Es decir, tratando de permanecer para dejar una huella por donde seguir viviendo, pero los misiles (horror de palabra, sinónimo de puñal traicionero y enorme) no los dejan.
Somos los constructores de los dólmenes, el Partenón, las catedrales, la Piazza San Marcos en Venecia, La Pietá de Miguel Angel, la obra de Wright y Le Corbusier, los edificios “inteligentes” de Pelli y de la bomba atómica y los misiles, y andá a saber. Somos un signo de interrogación. Mueren millones de niños de hambre. Perdón, escribí hambre. Ninguno de nosotros sintió hambre, todavía. Millones de niños.
Sin embargo, aun así, los hombres nacemos de la energía creadora del universo y algunos parecen acumularla y transformarla en acto creativo y transmitirla a su obra, que no es su obra. Es de todos. Ellos la ven antes, pero es de todos, aun de quienes no podrán ni verla ni escucharla porque habrán muerto antes o de hambre o por enormes puñaladas caídas del cielo, parte de ese Universo de todos. Me invade el horror, me paraliza, siento ganas de gritar. No grito. No por cobardía simplemente. Sería más fácil para mí. No grito porque lo otro sigue pasando. La energía fluye y si fluye para crear belleza es posible que seamos capaces de hacerla fluir para crear justicia. No grito por ahora. Riego mi esperanza.
Volvamos a la arquitectura. El lenguaje, la forma, son importantes, pero no hay arquitectura si no hay pasión. Nada hay sin pasión, que es otra manera de llamar a la energía universal propia de los seres humanos. Y la pasión puede ser estética, filosófica, tecnológica, política. Puede ir tras la belleza, la verdad, la perfección y debe ir cuanto antes tras la justicia, la solidaridad, la libertad, los derechos humanos. Esa misma fuerza que hace ciudades debe hacer sonrisas en niños tristes y brillos en ojos apagados. Las estructuras urbanas deben transmitir sentido de vida.
Así como los griegos objetivaron las relaciones casi mágicas de la geometría, cualidad propia de la materia, ¿no debemos objetivar y materializar los sueños de belleza junto con los de justicia? ¿Por qué no? Algún día fotografiaremos el “aura” de los esotéricos, el “noúmeno” kantiano. Podremos verlo y entonces ver querrá decir terminar con los errores.
Las palabras no concretan las acciones, sólo las verifican. Pero hay un espíritu que anida en ellas. Hay belleza en la forma, pero es la belleza la que da vida a la forma. Es la energía pasión la que anida en la palabra justicia. No nos perdonaremos no hacerla realidad. No podemos no crear la arquitectura de la justicia y de la libertad. La ética no es aquello que debemos hacer sino aquello que queremos hacer. Lo otro es simplemente moral.
Una tarde invernal cruzaba la Plaza San Martín hacia el edificio de la Cancillería. Se fue dibujando como esas ideas esbozadas apenas en algunos párrafos que anteceden. El marco eran los fenomenales árboles. Un gris porteño protegía todo. Me acerqué hasta la puerta principal del viejo edificio. El Palacio San Martín, con sus portones de hierro forjado y su diálogo entre masa y virtualidad, me dejaron como siempre parado unos minutos. Un agente de la Policía Federal, muerto de frío, con bufanda y guantes, me miraba mientras pegaba tacazos en la vereda. Era no muy alto, de unos cuarenta años, colorado y sonriente. Le pregunté, haciéndome el turista.
–¿Quién hizo este magnífico edificio?
Me arrepentí en el acto. No lo sabría. No tenía por qué.
–Lo proyectó en 1906 el arquitecto Alejandro Cristophenssen. Perteneció a la familia Anchorena. En realidad eran tres casas que fueron luego unidas y una cuarta más pequeña, donde hoy funcionan los garajes, que fue donde vivió el arquitecto, que era muy amigo de la familia.
Imagínense mi sorpresa. Mi grata sorpresa.
–¿Por qué no habrán puesto alguna placa explicativa, como se usa en otras ciudades?– dije.
–Peor aún– me dijo el policía. No permiten visitar el edificio por razones de seguridad, cuando hay visitas guiadas en la Casa Rosada. No lo entiendo.
–Y bueno... Vea, le diré la verdad. No quiero engañarlo. Yo sabía algunas de las cosas que me dijo. Soy arquitecto. Lo felicito y le agradezco que cumpla tan bien con su deber. ¿Cómo se llama?
–Cabo Aquino.
–Gracias, cabo– le dije y lo palmeé para que no se tuviera que sacar el guante. Me sonrió. Me metí en el gris pero ahora menos gris. Siempre hay luces. Hay que buscarlas.
El episodio me inspiró estas digresiones. Un esbozo de un mundo de incógnitas como apertura desvergonzada a un diálogo que parece necesario. Porque la energía hecha pasión en una obra de arte, debe ser también la motorizadora de la preservación de la especie y la lucha permanente por la defensa de los derechos humanos, la libertad, la justicia y la solidaridad.

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