Nueva agenda internacional
Naciones partidas en dos mitades
Estados Unidos también es un país
dividido en dos, a pesar del
histórico triunfo electoral de
Barack Obama. Y una de las pruebas
es la dificultad que encuentra el
presidente para sacar adelante su
reforma sanitaria.
Xavier Batalla
/ Periodista español
Escribe en La Vanguardia (Barcelona). Presidente del Centro Internacional de Prensa. Recibió el Premio Salvador de Madariaga (2005).
Lo que Disraeli denominó "dos naciones" ahora también lo llamamos polarización, un fenómeno creciente que no se limita a los estados ya citados. Turquía, por ejemplo, está inmersa en una guerra cultural entre un bando laico y otro islamista. La nación laica es la obra del kemalismo, la ideología que lleva el nombre de Kemal Atatürk, el fundador de la república cuyas élites militar, política, empresarial y mediática son ahora un gobierno invisible frente al encabezado por Recep Tayyip Erdogan, un islamista moderado. Esta Turquía laica, que asiste a la aparición de otra élite que ya controla la presidencia, el Gobierno y el legislativo, vive en el temor de que el laicismo no haya conquistado el imaginario social de los turcos. Y la nación que apoya al islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), en el poder desde el año 2002, exige la reforma.
Estados Unidos también es un país dividido en dos, a pesar del histórico triunfo electoral de Barack Obama. Y una de las pruebas de esta división es la dificultad que encuentra el presidente, pese a proponer el pacto, para sacar adelante su reforma sanitaria. Viendo la escena desde aquí, el asunto no resulta sorprendente. Lo fácil es señalar al presidente. Pero hay, al menos, otros dos factores que tener en cuenta. En primer lugar, las normas que rigen el sistema en el Senado, que debe aprobar la reforma, y, después, la obstinada oposición que realizan los republicanos, lo que está directamente relacionado con lo anterior.
Para que la reforma sanitaria supere la prueba senatorial deberá contar con una supermayoría de 60 escaños. Hasta aquí todo normal. Esta norma existe desde el siglo XIX, aunque raramente se ha utilizado. Lo habitual es que fuera suficiente con 51 votos (del total de cien) y que la supermayoría sólo se exigiera, por acuerdo de los dos partidos, en los casos considerados clave, como los asuntos raciales. Pero en los últimos diez años, la exigencia de un partido a que todo cambio necesite la supermayoría se ha convertido en algo habitual. La responsabilidad de que esto sea así se la reparten demócratas y republicanos, como ocurre cuando un jefe de Gobierno se resiste a negar la crisis y después tiene prisa para pedir un pacto a una oposición que sólo sabe decir que no. Pero, aunque todos parezcan iguales, unos son más iguales que otros. En el 2007, cuando se convirtieron en el partido minoritario por primera vez en cinco años, los republicanos exigieron que se invocara la supermayoría en 60 ocasiones, lo que significó un récord histórico en un solo año. Ahora, ya sólo saben decir no.

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