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Fiesta lírica

“La Nariz” de Dmitri Shostakovich

“La Nariz” de Dmitri Shostakovich
La Fundación Beethoven tiene la sana, creativa costumbre de proyectar en un coqueto microcine de Santa Fe 1452, de la Capital Federal, todas las óperas que integran la temporada 2014 del Metropolitan Opera de Nueva York. No sólo eso. La fiesta lírica se extiende también al Teatro Auditorium de Mar del Plata y al Teatro San Martín de la capital de Tucumán.
Sergio Morero / Periodista, escritor y músico*
“La Nariz” de Dmitri Shostakovich
Los argentinos no somos los únicos privilegiados. Las autoridades del Met neoyorquino se enorgullecen, y con razón, en mencionar que sus espectáculos son disfrutados semanalmente, en todo el mundo, por un millón de espectadores. Sus proyecciones son ofrecidas con la más alta fidelidad visual y sónica, con una ventaja adicional: los espectadores locales no sólo creen estar ubicados en la fila cero de la platea, sino que suben idealmente al escenario para integrarse con los cantantes. Los últimos títulos ofrecidos son, entre otros, “Werther”, de Jules Massenet, “Parsifal”, de Richard Wagner y “La Bohème”, de Giaccomo Puccini. Pero el menú del miércoles 17 de septiembre tenía reservada una sorpresa: la puesta en escena de “La Nariz”, de Dmitri Shostakovich. Una obra rara vez ofrecida en todo el mundo. En Nueva York subió a escena en la temporada 2010, luego en el 2013, y ahora la pudimos ver y oír en Buenos Aires, Tucumán y Mar del Plata. “La Nariz” fue compuesta en 1930 y está basada en una historia cómica escrita por Nikolái Gogol, que reseña la satírica búsqueda, plena de desventuras, de Kovalyov, un asesor colegiado, en busca de su nariz perdida. El atribulado Kovalyov (el barítono Paulo Szot) está todo el tiempo en escena, durante las 2 horas O1 minutos que dura el espectáculo. Y no sólo canta sino que tiene que interactuar con los otros personajes secundarios, si es que se puede hablar de personajes secundarios en esta tan original obra. La búsqueda de la nariz extraviada puede interpretarse metafóricamente como los inconvenientes que, en todo tiempo y lugar, puede plantear la burocracia. Y así desfilan frente al sufrido protagonista, quienes están en el atrio de una iglesia, el jefe de policía, y hasta la delirante redacción de un periódico (¿hay alguna redacción no delirante?), a donde acude Kovalyov para publicar un aviso clasificado ofreciendo una recompensa para quien encuentre su nariz perdida. Todas estas vicisitudes son aprovechadas por William Kentridge para desplegar sobre el escenario mil y una escenas altamente imaginativas, revolucionarias, como proyectar sobre el fondo un estilizado caballo (que recuerda al Rocinante de Don Quijote, inmortalizado por Pablo Picasso), montado aquí por la nariz, una manifestación obrera desplegando banderas rojas que se van deshilachando hasta tornarse negras, una imagen de José “Pepe” Stalin fumando su sempiterna pipa y hasta el mismísimo Shostakovich tocando el piano. La música de la ópera toda no se limita a prestar un marco al desempeño de los cantantes sino que es un protagonista central de la escena. Es bien conocido el manejo de la orquestación de Shostakovich (recuérdense si no sus diez sinfonías), que le permiten por momentos acompañar con preeminencia de percusión cuando se trata de ilustrar una escena dramática, o reducirse a una delicada, suave melodía cuando el criado de Kovalyov canta acompañado sólo por su balalaika. Ya quedó dicho que en esta obra no hay personajes secundarios y, por si fuera poco, algunos de ellos cantan varios papeles. Pero es injusto que el programa de mano no mencione el nombre de la bellísima japonesa que encarna a la prometida del protagonista (con quien al final no se casa; quizá por eso la omiten), dueña también de una exquisita voz de soprano. El director musical de esta obra magna se llama Pavel Smelkov. Dmitri Shostakovich nació en San Petersburgo el 25 de septiembre de 1906 (¡feliz cumpleaños, maestro!) y murió en Moscú el 9 de agosto de 1975. Mentira. Sigue vivo en obras como esta.



*Sergio Morero nació en Rafaela, Santa Fe, en 1935. Poco antes de cumplir 15 años, decidió mudarse a la Capital Federal. Sus tres vocaciones se despertaron casi simultáneamente: en 1957 ingresó como peón a los talleres de la Editorial Emilio Ramírez, antesala de su carrera periodística en Primera Plana, Siete Días y la revista Teatro del Teatro San Martín. Inició sus estudios de flauta con el maestro Bruno Bragato y durante años dirigió el grupo de música renacentista y barroca Concertino.
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