La Caja de Ahorro y Seguro

...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14

ead / elarcadigital / Publicación semanal de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.

Buscador ead
Buscador Google
Última edición gráfica
Un relato dramático y conmovedor

1980: misión periodística en el Irán de los rehenes*

1980: misión periodística en el Irán de los rehenes*
El Palacio de Mármol, Teherán, Irán
El ex embajador argentino vuelve a revivir  parte de su riquísima experiencia como diplomático y periodista. En este caso, repasa lo vivido en Teherán en el período histórico más intenso del país que todavía genera tanta conmoción internacional: agosto de 1980, en plena crisis de los rehenes de la embajada de Estados Unidos en Irán y, que le costó la reelección al presidente norteamericano Jimmy Carter.
Albino Gómez* / Periodista, escritor y diplomático
1980: misión periodística en el Irán de los rehenes*
El sentimiento religioso y las
costumbres ancestrales conviven en
el Irán moderno.
Era prácticamente imposible conseguir visa para viajar a Teherán en agosto de 1980, cuando los rehenes cumplían 300 días de cautiverio. Yo era el corresponsal de Clarín en los Estados Unidos y ante una consulta aseguré que podría obtener la tan codiciada visa, negada a todo periodista de un medio Occidental. Para ello viajé a París donde un argentino, Héctor Villalón, amigo mío e integrante de un equipo de consultores del gobierno revolucionario que asesoraba jurídica y políticamente al régimen iraní, me recibió en su piso de la Avenue President Wilson. Villalón no podía entonces ingresar a nuestro país sin correr el riesgo, casi seguro, de ser apresado y luego desaparecer, ya que para el Proceso era un delincuente, calificación arbitraria que no le impedía el tratamiento que se le brindaba en los Estados Unidos y que le permitía el acceso libre al Departamento de Estado y a la Casa Blanca, para tratar cuestiones vinculadas a la conflictiva situación reinante entre dicho país e Irán. Durante la larga charla que mantuve con él, se produjeron dos llamados del canciller iraní para consultarlo sobre la inminente ruptura de relaciones de Irán con dos dictaduras del Cono Sur, la chilena y la argentina. Villalón expresó con énfasis y buenos argumentos la necesidad de que Irán no se aislase más de lo que ya estaba y, que por ende, mantuviese relaciones con todos los países de América Latina. Pero asimismo y en vista a la fuerte presión interna sobre el canciller, que hacía imposible evitar al menos una de las rupturas, Villalón abogó con serias razones para excluir a la Argentina de dicha ruptura. A las pocas horas se producía la ruptura con Chile y no con nuestro país. Nunca había sido yo testigo de semejante ejecutividad diplomática a tanta distancia. Al día siguiente, obtenida mi visa en la embajada de Irán en París por orden del canciller, abordé en el aeropuerto de Charles de Gaulle un jumbo de Aire France cuya primera escala sería Teherán. Llegué apenas comenzado el día miércoles 20 de agosto de 1980. La temperatura, 40 grados. Pasé a un gran salón, sobria y modernamente amueblado: dos cuadros abstractos y los retratos del Ayatollah Komeini y del presidente Bani Sadr, exactamente en los lugares que antes habían ocupado los del Cha y su mujer. Me alojé en el único Hilton de Teherán donde también era el único pasajero de ese inmenso hotel. Al poco rato tres amigos ex colegas, funcionarios de nuestra embajada, me aconsejaron ante tamaña soledad, dejar el hotel y alojarme en la residencia, para brindarme una mejor infraestructura y sobre todo, una mayor relativa seguridad. En el camino hacia la embajada pude ver muchos carritos de comida con la modestia de los nuestros en la Costanera de los años 60, y de los cuales nos llegaban los olores a carne de cordero asada. También se veían muchos puestos nocturnos de venta de fruta con inmensas sandías iluminadas por lámparas “sol de noche”. La desprolijidad de los canteros y el pasto creciendo al descuido, me trajeron nuevas imágenes de nuestra propia geografía suburbana. Era ya más de la una de la mañana y el movimiento de vehículos resultaba asombroso, dando la sensación de mucha vida nocturna y, sin embargo, mis amigos me dijeron que no había en la ciudad un solo lugar abierto. No obstante ello, los iraníes se pasaban todas las noches, yendo y viniendo con sus autos de lugares que no existían a otros lugares que tampoco existían. Tal vez, solo para desquitarse de los 46 o 48 grados de temperatura que debían soportar durante el día en esa última parte del verano. Al día siguiente comencé a armar mi agenda de entrevistas que comenzaría obviamente al canciller y, previa charla con él, incluiría seguramente al ministro de economía, al presidente del Banco Central, al presidente de la Corte Suprema, y al líder del Parlamento iraní, Hashemi Rafsanjani, que ya menciono por su nombre porque fue el único sobreviviente de todos los jerarcas que entrevisté. Los demás resultaron poco tiempo después víctimas de la propia lucha interna de la revolución, por fusilamiento o atentados. También incluiría mi agenda a una intelectual del régimen formada como socióloga en Paris durante su previo exilio. Además, a una familia argentina, a otros funcionarios que me fueran siendo sugeridos por el canciller y, finalmente, entrevistaría al Ayatollah Komeini. Con 42 grados a las diez de la mañana y 48 grados a mediodía, comencé mi primer recorrido en auto por toda la ciudad. Teherán presentaba un color “beige”, como sus montañas secas, sin vegetación, excepto una de ellas, maravillosamente forestada. Acequias en las veredas para los deshielos, pero hacía tres meses que no llovía. La parte sur de la ciudad, baja y polvorienta, era todo pobreza: caserón y después. En sus barrios se producían los ajusticiamientos de los traficantes de drogas, prostitutas y homosexuales. También visité los barrios residenciales. En general, los dueños de las grandes casas no vivían ya en Irán. Y los integrantes del cuerpo diplomático extranjero se veían entonces favorecidos por los alquileres irrisorios que debían pagar por verdaderas villas, provistas de piscinas, canchas de tenis, saunas, y todos los refinamientos del más exigente confort. Pero se constituían así en los guardadores y depositarios de valiosísimas propiedades, que de otro modo ya estarían en poder del Estado. Vi también decenas de obras paralizadas –edificios y puentes– de los cuales sólo quedaban, como un signo de la intención, fantasmales estructuras herrumbradas. La ciudad estaba cruzada por autopistas a todo nivel, existiendo todavía varios elevados, pero todo ese trazado tenía entonces más de veinte años y se advertía la total falta de mantenimiento. Todo estaba muy abandonado. Lo deteriorado quedaba como estaba, precisamente por esa falta de mantenimiento. Lo que se caía no se levantaba. Lo que desaparecía no se reemplazaba, todo se avejentaba, todo decaía. Pero parecía que ello no le importaba, al menos a cierto sector de la Revolución, porque lo material era producto de Occidente, pura corrupción. Lo mejor que podía pasar entonces es que se perdiera, que desapareciera, y con ello toda una cultura extraña, dominante, que le había hecho perder a Irán su identidad. De todos modos, el parque automotor era todavía impresionante, pero también sufría bajas diarias por falta de repuestos, por falta de fábricas. Y por la capacidad de destrucción que tenían los conductores iraníes, cuya manera de conducir habría espantado el menos prudente colectivero o tachero argentino. Andar varias cuadras marcha atrás o de contramano, era la cosa más corriente. Todo el mundo metía la trompa, los semáforos funcionaban muy irregularmente y no había casi policía de tránsito. Por supuesto entonces, había grandes congestiones. Por otra parte, superada la congestión, la falta de límites de velocidad producía un choque promedio cada cinco cuadras, con las discusiones y aglomeraciones imaginables. La bocina al orden del día, pero inevitable, porque todo el tiempo se estaba ante una situación de peligro, creada colectivamente por la imprudencia de todos. El “Teheran Times” indicaba que mi día 20 de agosto de 1980, según el calendario musulmán, era Shahrivar de 1359. Como en un cuento de Borges, Teherán era una ciudad de ruinas futuras.
Así las cosas, creo que ha llegado el momento de contar sucintamente cómo transcurrieron mis días en Teherán, y explicar por qué tuve que salir abruptamente y de una manera que, por lo menos, podríamos calificar de irregular. El hecho cierto es que la colaboración de mis amigos de la embajada me resultó inapreciable, ya que además de brindarme alojamiento y servicios durante toda mi estadía, dispusieron que tuviera un auto y chofer para mis desplazamientos por la ciudad. También me recomendaron a un buen fotógrafo que contraté para mis entrevistas, y fue muy importante que me dieran la posibilidad de acompañarlos a recepciones que me permitieron encuentros y fructíferas charlas con diplomáticos extranjeros. Ya el primer día tuve mi inicial entrevista, lógicamente, con quien me había otorgado la visa para poder ingresar al país: el canciller Sadegh Ghotbzadegh, quien terminó de armarme la agenda tentativa que hubiese debido finalizar con el encuentro con el Ayatolla Komeini.
El canciller, era el hombre de la revolución que más contacto había tenido con la comunidad internacional. Su exilio en los Estados Unidos y Francia le habían permitido –aun sin haber perdido un ápice de su cultura iraní– comunicarse muy fluidamente con los dirigentes políticos occidentales en diversos foros mundiales. En Irán había sido atacado duramente por la extrema derecha y la extrema izquierda, porque se lo consideraba un independiente y un moderado. Carecía de apoyo popular pero era algo así como un hijo adoptivo del Ayatolla Komeini, lo que había impedido hasta ese momento que sus enemigos pudieran desembarazarse fácilmente de él. No obstante, él me lo dijo, era casi seguro que no podría integrar el nuevo gabinete cuya constitución marcaría el comienzo de una nueva etapa con el predominio absoluto del Partido Islámico Revolucionario. El hecho es que Ghotbzadegh había seguido al frente de la cancillería iraní por expreso pedido de Komeini, pero no sólo no había hecho desde ella concesiones a sus enemigos políticos sino que por el contrario, se había dedicado en esos últimos días a irritarlos con apariciones públicas en televisión y con la publicación de documentos en los cuales había expresado abiertamente violentas críticas a las posiciones fundamentalistas e integristas de los más caracterizados miembros del Partido Revolucionario Islámico.
Conversé con el ministro en dos oportunidades. El día de mi llegada y el día de mi abrupta e involuntaria partida, seis días después. Cuando le pregunté por qué se empeñaba en seguir provocando a sus enemigos políticos internos, me dijo que lo hacía porque no le quedaba otro remedio que defender la Revolución misma, no sólo de sus enemigos externos sino también de los internos. Que por eso acababa de atacar violentamente a la URSS, y un día antes a los extremistas religiosos que buscaban eliminar la ciencia y los especialistas, y que exigían el silencio y la sumisión. Porque no podía dejar de denunciar a los “oportunistas”. Y que la única forma de hacerlo callar sería poniéndolo preso o matándolo. Ante mi pregunta acerca de si consideraba que la Revolución se estaba destruyendo a sí misma, me dijo que estaba prevaleciendo una nueva tendencia más radicalizante y muy difícil de detener, que no lograría nada positivo para Irán. Porque recurrirían a la represión y que ello constituiría un golpe mortal para el régimen. Que no podrían resolver ninguno de los difíciles problemas que se le presentaban al país, y que el mismo pueblo se daría muy pronto cuenta de la incapacidad de esos señores para gobernar. Cuando le pregunté en qué se fundaba la estrategia de enfrentamiento con las dos superpotencias y con Gran Bretaña, me contestó que simplemente se trataba de no ser oportunistas, es decir, de no respaldarse en unos para atacar a otros. Que la URSS estaba provocándole problemas a Irán en las regiones fronterizas, estimulando las rebeliones de los kurdos, con apoyo financiero y la entrega de material fotográfico y estratégico. Es decir que dicho país estaba sosteniendo la contrarrevolución. Que incluso, los soviéticos se negaban a llamar “islámica” a la Revolución, refiriéndose en sus medios a la “revolución demócrata del pueblo iraní”. Cuando a ellos le molestaba profundamente que se hablara de “Rusia” y no de la “Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas”, o que se hablara de la “revolución rusa” en lugar de la “revolución socialista soviética”. Agregó que él sospechaba de los dos imperialismos, porque eran capaces de ponerse en cualquier momento de acuerdo para destruir conjuntamente la Revolución iraní y dividir el país para adueñarse de él.
También agregó que estaba más preocupado por los problemas internos que por los externos, aunque había que enfrentarlos simultáneamente, pero que solo la unidad interna permitiría afrontar lo externo con éxito. Cuando le pregunté por el acuciante problema de los rehenes, me dijo que dicho problema desviaba a la Revolución de sus verdaderos objetivos, y que no había un solo país en el mundo que la aprobara, lo cual los había puesto en una gran desventaja internacional. Que lamentablemente, el tema se había transformado internamente en un tabú político y que él, por su parte, se oponía terminantemente a cualquier juicio contra los rehenes. Antes de terminar esa primera charla me aclaró que una cosa era que él atacara a los Estados Unidos y a la URSS, cuando ello fuera debido, pero otra cosa era que creyera que la Revolución se podía hacer con sólo gritar abajo los Estados Unidos y abajo la URSS. Por último, me agregó que con un criterio absolutamente realista, estaba en contra de una corriente interna que pretendía la exportación de la Revolución islámica, cosa para él, carente de todo sentido.
Mi segundo entrevistado fue el presidente del Banco Central, Ali Reza Novari, un joven funcionario de 30 años de edad, formado en la Escuela Politécnica de París y en La Sorbona, y finalmente como economista en los Estados Unidos. Después visité al Ayatolla Syded Mohammad Beheshti, presidente de la Corte Suprema de Justicia y uno de los más influyentes líderes del Partido Revolucionario Islámico. Estudioso dedicado a la filosofía, a la teología y a la sociología, había vivido muchos años en Alemania donde se ocupó de la comunidad iraní en el exilio. Tuve bastantes problemas formales para lograr entrevistar el presidente del Parlamento, el hojjatoles Iam Hashemi Rafsanjani (el hojjatoles Iam es una jerarquía inmediatamente inferior a los ayatollahs), quien con el presidente de la Corte Suprema era el hombre más fuerte del Partido Revlucionario Islámico. Este alto funcionario, como ya anticipé, único sobreviviente de los jerarcas que entrevisté, se negó a hablar en inglés y lo hizo en farsí, pero además exigió usar su propio intérprete. Al no poder yo de ese modo controlar sus dichos, nuestra embajada me hizo asistir por una intérprete armenia que, aunque vestida a la manera de occidente, cuidó el detalle de ponerse medias y zapatos cerrados. Pero los guardias de la revolución (los pasdaranes) no encontraron adecuado su atavío, sobre todo por la pollera, dado que al subir las escaleras sus bellas piernas quedarían expuestas. Finalmente, una funcionaria del Parlamento nos ayudó proveyendo para ella un chador, pero además, debió dejar en depósito todos sus cosméticos, el encendedor y los cigarrillos que portaba en su cartera. Visité otro día a la doctora Nasrine Hakami, quien debió salir de Irán por razones políticas en 1970 y se radicó en París donde se doctoró en La Sorbone en sociología islámica, y también a trabajar en política con los grupos de exiliados iraníes. En el momento de la entrevista se ocupaba de la revisión de los programas universitarios en el campo de las disciplinas humanísticas. También visité a una abogada argentina, egresada de la UBA, la doctora Ada Elizabeht Aspe, casada con un ingeniero francés-brasileño, radicada en Teherán desde agosto de 1977 con sus dos pequeños niños, por las obligaciones laborales de su marido. Pero su versión nostálgica-argentina merecería una nota entera. Para abreviar y terminar esta breve historia, dejaré de lado otras entrevistas, pero sí debo señalar que llegué a Irán en un momento –como muchísimos otros– sumamente crítico pero de un dramático cambio de gabinete, que finalizó con el triunfo de los duros sobre los moderados. Sin embargo, si yo publicara hoy todas mis entrevistas sin nombres y sin fechas, salvo el problema de los rehenes que dejó de existir, los lectores podrían creer que los reportajes, pese a los 26 años transcurridos, fueron realizados ayer. Porque pese a todo lo ocurrido en el mundo y en Irán, pese a las miles de muertes por la Revolución, y a las cientos de miles por la guerra con Irak, se siguen discutiendo los mismos problemas y los actores internacionales también siguen siendo los mismos: Estados Unidos, Rusia (ex Unión Soviética), Israel, Irak, con la novedad de China.
El canciller, Sadegh Ghotbzadegh, en la víspera de su renuncia, que finalmente se aceleró dramáticamente, me hizo llamar y me dijo que por razones de mi propia seguridad personal, debía abandonar el país esa misma noche. En ese momento me hizo entrega de un sobre que contenía lo que él llamó su testamento ideológico y político, en farsí, para que yo lo entregara a la persona del Departamento de Estado que me indicara Villalón. Agregó que guardara reservadamente una copia para mí y que utilizara toda la información contenido en el texto con la prudencia debida y sin mencionar la fuente. Sus hombres de confianza hicieron todos los trámites necesarios para que abordara el vuelo nocturno de Air France proveniente de la India, a las dos de la mañana y directamente desde la pista, a la cual arribé en un vehículo militar, custodiado y acompañado por personal de mi embajada, sin pasar por aduana ni migraciones. Llevaba conmigo todo el material de grabaciones y fotos que comencé a publicar desde Washington a partir del 30 de agosto de 1980. Así fue mi adiós a Teherán.(1)

[1] A partir de entonces y durante varios meses, Clarín fue el diario de Occidente mejor informado sobre todo lo que acontecía en Irán, gracias a mis “gargantas profundas” Ghotbzadegh y Villalón. Lamentablemente, el ex canciller pudo tal vez haber salido de su país como embajador, pero prefirió seguir su lucha desde adentro y murió fusilado.

*Publicado en el No. 42 de Archivos del Presente (enero de 2007).
1980: misión periodística en el Irán de los rehenes*
Otra vista de la ciudad de Teherán, Irán.
Imprimir el Artículo   Recomendar el Artículo   Exportar el Artículo a PDF   Compartir en Facebook   Compartir en Twitter

Otras notas de esta edición

Premio Nobel Desmond Tutu
“Dios llora… la creación es hoy una pesadilla”
El Arca / Ecupress
No todas son pálidas…
Ciencia argentina que reclama ser tapa de diario
El Arca / Redacción
Memoria y conciencia del pasado
Nuevos retos para los museos
Isabelle Vinson / Editora jefe de la División del Patrimonio Cultural de la Unesco.
El Abate Pierre
Un monje cuestionador
El Arca / Redacción
Misha Cotlar
Adiós a un científico de los “años de oro”
Fanny Kwuris / Licenciada en Matemática
Tijerazos
"A los jóvenes les hablo de alimentos y bebidas como los yogures, el pan y la cerveza realizados a través de procesos biotecnológicos. A los mayores, les menciono las vacunas, antibióticos y nuevos medicamentos. A los industriales les cuento de los biocombustibles y bioplásticos; a los economistas, del agro negocio y a los ambientalistas, de conservación de la biodiversidad. Todos tenemos algún punto de interés en la biotecnología".


*Estudió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Luego de “La noche de los bastones largos” emigró a Chile. Actualmente...
Huellas de Píndaro
Huellas de Píndaro
De Grecia arcaica al presente
Tiza y pizarrón
Tiza y pizarrón
La educación por especialistas
Perfiles
Perfiles
La ciudad y sus mejores obras
ineba
dain
biblioteca unesco
Guias VIP
habitues teatro colon
La Caja
riglos
el conocedor
todo opera
espacio y
telecom
cachamai
siglo XXI
biblos
de la flor
el ateneo
urano
losada
area paidos
katz
alfaguara
norma
lumiere

ead / elarcadigital

Viamonte 1716 - 3 - 16 (C1055ABH) - Buenos Aires - Argentina

(54 - 11) 4374-1987 / 4371-0922

elarcadigital.com.ar no se responsabiliza por material de cualquier tipo no solicitado, ni tampoco por la devolución del mismo.

Las colaboraciones firmadas expresan la opinión de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de la revista.

La línea editorial de la revista se expresa exclusivamente a través de los textos firmados por su Consejo Editor.