...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
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Un relato dramático y conmovedor 1980: misión periodística en el Irán de los rehenes*El Palacio de Mármol, Teherán, Irán
Albino Gómez*
/ Periodista, escritor y diplomático
El sentimiento religioso y las costumbres ancestrales conviven en el Irán moderno. Así las cosas, creo que ha llegado el momento de contar sucintamente cómo transcurrieron mis días en Teherán, y explicar por qué tuve que salir abruptamente y de una manera que, por lo menos, podríamos calificar de irregular. El hecho cierto es que la colaboración de mis amigos de la embajada me resultó inapreciable, ya que además de brindarme alojamiento y servicios durante toda mi estadía, dispusieron que tuviera un auto y chofer para mis desplazamientos por la ciudad. También me recomendaron a un buen fotógrafo que contraté para mis entrevistas, y fue muy importante que me dieran la posibilidad de acompañarlos a recepciones que me permitieron encuentros y fructíferas charlas con diplomáticos extranjeros. Ya el primer día tuve mi inicial entrevista, lógicamente, con quien me había otorgado la visa para poder ingresar al país: el canciller Sadegh Ghotbzadegh, quien terminó de armarme la agenda tentativa que hubiese debido finalizar con el encuentro con el Ayatolla Komeini. El canciller, era el hombre de la revolución que más contacto había tenido con la comunidad internacional. Su exilio en los Estados Unidos y Francia le habían permitido –aun sin haber perdido un ápice de su cultura iraní– comunicarse muy fluidamente con los dirigentes políticos occidentales en diversos foros mundiales. En Irán había sido atacado duramente por la extrema derecha y la extrema izquierda, porque se lo consideraba un independiente y un moderado. Carecía de apoyo popular pero era algo así como un hijo adoptivo del Ayatolla Komeini, lo que había impedido hasta ese momento que sus enemigos pudieran desembarazarse fácilmente de él. No obstante, él me lo dijo, era casi seguro que no podría integrar el nuevo gabinete cuya constitución marcaría el comienzo de una nueva etapa con el predominio absoluto del Partido Islámico Revolucionario. El hecho es que Ghotbzadegh había seguido al frente de la cancillería iraní por expreso pedido de Komeini, pero no sólo no había hecho desde ella concesiones a sus enemigos políticos sino que por el contrario, se había dedicado en esos últimos días a irritarlos con apariciones públicas en televisión y con la publicación de documentos en los cuales había expresado abiertamente violentas críticas a las posiciones fundamentalistas e integristas de los más caracterizados miembros del Partido Revolucionario Islámico. Conversé con el ministro en dos oportunidades. El día de mi llegada y el día de mi abrupta e involuntaria partida, seis días después. Cuando le pregunté por qué se empeñaba en seguir provocando a sus enemigos políticos internos, me dijo que lo hacía porque no le quedaba otro remedio que defender la Revolución misma, no sólo de sus enemigos externos sino también de los internos. Que por eso acababa de atacar violentamente a la URSS, y un día antes a los extremistas religiosos que buscaban eliminar la ciencia y los especialistas, y que exigían el silencio y la sumisión. Porque no podía dejar de denunciar a los “oportunistas”. Y que la única forma de hacerlo callar sería poniéndolo preso o matándolo. Ante mi pregunta acerca de si consideraba que la Revolución se estaba destruyendo a sí misma, me dijo que estaba prevaleciendo una nueva tendencia más radicalizante y muy difícil de detener, que no lograría nada positivo para Irán. Porque recurrirían a la represión y que ello constituiría un golpe mortal para el régimen. Que no podrían resolver ninguno de los difíciles problemas que se le presentaban al país, y que el mismo pueblo se daría muy pronto cuenta de la incapacidad de esos señores para gobernar. Cuando le pregunté en qué se fundaba la estrategia de enfrentamiento con las dos superpotencias y con Gran Bretaña, me contestó que simplemente se trataba de no ser oportunistas, es decir, de no respaldarse en unos para atacar a otros. Que la URSS estaba provocándole problemas a Irán en las regiones fronterizas, estimulando las rebeliones de los kurdos, con apoyo financiero y la entrega de material fotográfico y estratégico. Es decir que dicho país estaba sosteniendo la contrarrevolución. Que incluso, los soviéticos se negaban a llamar “islámica” a la Revolución, refiriéndose en sus medios a la “revolución demócrata del pueblo iraní”. Cuando a ellos le molestaba profundamente que se hablara de “Rusia” y no de la “Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas”, o que se hablara de la “revolución rusa” en lugar de la “revolución socialista soviética”. Agregó que él sospechaba de los dos imperialismos, porque eran capaces de ponerse en cualquier momento de acuerdo para destruir conjuntamente la Revolución iraní y dividir el país para adueñarse de él. También agregó que estaba más preocupado por los problemas internos que por los externos, aunque había que enfrentarlos simultáneamente, pero que solo la unidad interna permitiría afrontar lo externo con éxito. Cuando le pregunté por el acuciante problema de los rehenes, me dijo que dicho problema desviaba a la Revolución de sus verdaderos objetivos, y que no había un solo país en el mundo que la aprobara, lo cual los había puesto en una gran desventaja internacional. Que lamentablemente, el tema se había transformado internamente en un tabú político y que él, por su parte, se oponía terminantemente a cualquier juicio contra los rehenes. Antes de terminar esa primera charla me aclaró que una cosa era que él atacara a los Estados Unidos y a la URSS, cuando ello fuera debido, pero otra cosa era que creyera que la Revolución se podía hacer con sólo gritar abajo los Estados Unidos y abajo la URSS. Por último, me agregó que con un criterio absolutamente realista, estaba en contra de una corriente interna que pretendía la exportación de la Revolución islámica, cosa para él, carente de todo sentido. Mi segundo entrevistado fue el presidente del Banco Central, Ali Reza Novari, un joven funcionario de 30 años de edad, formado en la Escuela Politécnica de París y en La Sorbona, y finalmente como economista en los Estados Unidos. Después visité al Ayatolla Syded Mohammad Beheshti, presidente de la Corte Suprema de Justicia y uno de los más influyentes líderes del Partido Revolucionario Islámico. Estudioso dedicado a la filosofía, a la teología y a la sociología, había vivido muchos años en Alemania donde se ocupó de la comunidad iraní en el exilio. Tuve bastantes problemas formales para lograr entrevistar el presidente del Parlamento, el hojjatoles Iam Hashemi Rafsanjani (el hojjatoles Iam es una jerarquía inmediatamente inferior a los ayatollahs), quien con el presidente de la Corte Suprema era el hombre más fuerte del Partido Revlucionario Islámico. Este alto funcionario, como ya anticipé, único sobreviviente de los jerarcas que entrevisté, se negó a hablar en inglés y lo hizo en farsí, pero además exigió usar su propio intérprete. Al no poder yo de ese modo controlar sus dichos, nuestra embajada me hizo asistir por una intérprete armenia que, aunque vestida a la manera de occidente, cuidó el detalle de ponerse medias y zapatos cerrados. Pero los guardias de la revolución (los pasdaranes) no encontraron adecuado su atavío, sobre todo por la pollera, dado que al subir las escaleras sus bellas piernas quedarían expuestas. Finalmente, una funcionaria del Parlamento nos ayudó proveyendo para ella un chador, pero además, debió dejar en depósito todos sus cosméticos, el encendedor y los cigarrillos que portaba en su cartera. Visité otro día a la doctora Nasrine Hakami, quien debió salir de Irán por razones políticas en 1970 y se radicó en París donde se doctoró en La Sorbone en sociología islámica, y también a trabajar en política con los grupos de exiliados iraníes. En el momento de la entrevista se ocupaba de la revisión de los programas universitarios en el campo de las disciplinas humanísticas. También visité a una abogada argentina, egresada de la UBA, la doctora Ada Elizabeht Aspe, casada con un ingeniero francés-brasileño, radicada en Teherán desde agosto de 1977 con sus dos pequeños niños, por las obligaciones laborales de su marido. Pero su versión nostálgica-argentina merecería una nota entera. Para abreviar y terminar esta breve historia, dejaré de lado otras entrevistas, pero sí debo señalar que llegué a Irán en un momento –como muchísimos otros– sumamente crítico pero de un dramático cambio de gabinete, que finalizó con el triunfo de los duros sobre los moderados. Sin embargo, si yo publicara hoy todas mis entrevistas sin nombres y sin fechas, salvo el problema de los rehenes que dejó de existir, los lectores podrían creer que los reportajes, pese a los 26 años transcurridos, fueron realizados ayer. Porque pese a todo lo ocurrido en el mundo y en Irán, pese a las miles de muertes por la Revolución, y a las cientos de miles por la guerra con Irak, se siguen discutiendo los mismos problemas y los actores internacionales también siguen siendo los mismos: Estados Unidos, Rusia (ex Unión Soviética), Israel, Irak, con la novedad de China. El canciller, Sadegh Ghotbzadegh, en la víspera de su renuncia, que finalmente se aceleró dramáticamente, me hizo llamar y me dijo que por razones de mi propia seguridad personal, debía abandonar el país esa misma noche. En ese momento me hizo entrega de un sobre que contenía lo que él llamó su testamento ideológico y político, en farsí, para que yo lo entregara a la persona del Departamento de Estado que me indicara Villalón. Agregó que guardara reservadamente una copia para mí y que utilizara toda la información contenido en el texto con la prudencia debida y sin mencionar la fuente. Sus hombres de confianza hicieron todos los trámites necesarios para que abordara el vuelo nocturno de Air France proveniente de la India, a las dos de la mañana y directamente desde la pista, a la cual arribé en un vehículo militar, custodiado y acompañado por personal de mi embajada, sin pasar por aduana ni migraciones. Llevaba conmigo todo el material de grabaciones y fotos que comencé a publicar desde Washington a partir del 30 de agosto de 1980. Así fue mi adiós a Teherán.(1) [1] A partir de entonces y durante varios meses, Clarín fue el diario de Occidente mejor informado sobre todo lo que acontecía en Irán, gracias a mis “gargantas profundas” Ghotbzadegh y Villalón. Lamentablemente, el ex canciller pudo tal vez haber salido de su país como embajador, pero prefirió seguir su lucha desde adentro y murió fusilado.
*Publicado en el No. 42 de Archivos del Presente (enero de 2007). Otra vista de la ciudad de Teherán, Irán. Otras notas de esta ediciónMemoria y conciencia del pasado Nuevos retos para los museos
Isabelle Vinson / Editora jefe de la División del Patrimonio Cultural de la Unesco.
Tijerazos"A los jóvenes les hablo de alimentos y bebidas como los yogures, el pan y la cerveza realizados a través de procesos biotecnológicos. A los mayores, les menciono las vacunas, antibióticos y nuevos medicamentos. A los industriales les cuento de los biocombustibles y bioplásticos; a los economistas, del agro negocio y a los ambientalistas, de conservación de la biodiversidad. Todos tenemos algún punto de interés en la biotecnología". *Estudió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Luego de “La noche de los bastones largos” emigró a Chile. Actualmente... Tiza y pizarrónLa educación por especialistas
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