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El futuro de las blancas palomitas

Cuando la escuela no es más que una carga

Daniel Della Costa / Periodista y escritor
A la mañana temprano y luego a mediodía y a la tarde, a la hora de la leche, se deja oír en los distintos barrios un ruido como de condenados a trabajos forzados que arrastran sus cadenas por las veredas. Pero no, son las blancas palomitas que van y vienen llevando a la rastra grandes valijones con rueditas en los que transportan sus útiles y libros escolares. Hace años, pero no tantos, muchos menos de los que tiene la injusticia, los pibes también concurrían a la escuela durante siete años consecutivos, salvo que fueran un poco burros y repitieran alguno de los grados. Su paso por las calles, más o menos a las mismas horas que hoy, iba señalado por la algarabía propia de los infantes, pero nada más. Porque en las valijas, que algunos llevaban en banderola y otros colgadas del hombro o en los tientos unidos por una manija metálica, apenas si se transportaba el cuaderno de clase, el borrador, el libro de lectura y una cajita de madera o una cartuchera, en la que se incluían el lápiz, la goma de borrar, la lapicera con su pluma cucharita, a veces también un sacapuntas o una hojita de afeitar usada, lápices de colores si era día de dibujo y pare de contar.

Nada que ver con lo que conducen en sus carritos o en esas pesadas mochilas que los hacen parecer jorobaditos prematuros, los pibes de hoy. Allí adentro, en esas maletas inmensas, aparte de tener todo lo que portaban sus padres y abuelos, incluyen asimismo carpetas de hojas movibles, el manual correspondiente al año que cursan, diccionario, lápices, lapiceras y marcadores, calculadora, masilla plástica, goma, pegatodo y hasta una botellita de agua mineral y un alfajor de dulce de leche. Sin contar los que no cruzan el zaguán sin agarrar antes el teléfono celular.

Ahora bien, semejante despliegue de material escolar, tecnológico y nutricio, comparado con el más que modesto de sus antepasados, deja suponer que una vez salidos de la escuela estos pibes brillarán como la bocha de un calvete. Para convertirse luego en adolescentes que apuntarán al Nobel. Sin embargo la experiencia que dejan sus desempeños en el secundario, su sorprendente ignorancia acerca de temas simples y la pobreza de su lenguaje, sólo pródigo en boludos y chabones, parece indicar que no existe una relación directa, sino más bien inversa, entre el peso del material que acarrearon a diario a la escuela y su acceso al conocimiento. Lo que lleva a preguntar para qué se somete a los pequeños a semejante esfuerzo físico, como no sea que se quiera hacer de ellos, no tanto chicos estudiosos y sapientes, como muchachos morrudos para desempeñarse en el puerto.

Sin embargo, tampoco hay razón para cargarles la romana a los educandos de hoy, porque arrastran tanta cosa en sus viajes de ida y vuelta al cole, y después salen sabiendo más de lo que ven por TV –por ejemplo los últimos hits de Los Pibes Chorros- que de cómo estaba formada la primera junta de gobierno o a quién fue que se le ocurrió llamar Mar Dulce a este río marrón que se divisa detrás del humo que arrojan los puestos de chorizos. Es preciso reconocer, aunque duela, que el estado en que se encuentra hoy el país, es demostrativo de que aquellos chicos que fueron educados con economía de material didáctico, tampoco ofrecieron grandes resultados. Los veteranos podrán escribir con menos faltas de ortografía, relacionarse a través de un idioma algo más rico y hacer una división apelando nada más que al lápiz y el papel, pero el país que les dejan a los pibes de la mochila con rueditas está bastante venido a menos.

Lo que da para pensar dos cosas: una, que sin importar qué llevaban en sus valijas, se nota que los escolares de antes tampoco aprendían gran cosa, ya que de ahí fue de donde partieron estos tipos que nos gobernaron durante estas últimas décadas y nos mandaron al bombo; y otra, que si hoy se los carga de tantas cosas seguramente no es para llenarlos de conocimientos que mal podrán emplear en un país devastado, sino para prepararlos mejor para el futuro que les espera. Es decir, para que, desde chiquitos, se vayan acostumbrando a agachar el lomo y adquieran el necesario expertise para arrastrar con autoridad, cuando lleguen a grandes, un carrito de cartonero.
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