arlequin_resistencia_pettoruti.jpg

...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14

ead / elarcadigital

Buscador ead
Buscador Google
Última edición gráfica
La civilización maya

El misterio del poder emplumado

El misterio del poder emplumado
Las estatuillas de Jaina son
vivaces y exuberantes. Los
alfareros retrataron una amplia
variedad de dioses, animales y
personas. En esta figura se observa
un hombre sentado con una concha
marina sobre el pecho.
Como ningún otro pueblo de la América precolombina, los mayas accedieron a un grado de civilización notablemente avanzado. Inventaron el cero –que llegaría a Europa 300 años más tarde desde la cultura india- y lo emplearon para medir el tiempo, crear calendarios y hacer cálculos sobre los movimientos planetarios. Pero hubo un momento en que esta maravillosa civilización sufrió un colapso inexplicable; sus espléndidos templos y ciudades fueron tapados por la selva. Cuando finalmente en 1697, los conquistadores españoles terminaron de asfixiarla, sólo se limitaron a darle el golpe de gracia.
Dolores Poblet / Periodista
El misterio del poder emplumado
Conquistó cien ciudades, se casó
con cinco princesas y, por única
vez, se unió a su pueblo, los
mixtecas. Se llamaba Ocho Ciervos,
el señor de la guerra, apodado
también Garra de jaguar. Debajo de
los símbolos se observa la cabeza
del jaguar y una garra.
De todos los misterios de la civilización maya, ninguno sigue siendo tan profundamente desconcertante como la desaparición de sus poblaciones. Hacia finales del siglo IX abandonaron sus ciudades y dejaron de registrar los reinados de sus monarcas. ¿Hubo una invasión? ¿Una epidemia? ¿ O sufrieron hambruna debido al cultivo exagerado de la tierra? Se desconoce la respuesta.

Una de las tantas hipótesis divulgadas sostiene que hubo una revuelta de campesinos que se extendió de una ciudad a otra y barrió la clase gobernante de los sacerdotes y señores. Aplastada la dirigencia, el comercio menguó y la agricultura declinó. Las ciudades fueron saqueadas y los bandidos se enseñorearon sobre sus ruinas y sus templos, los que en otros tiempos habían sido tan espléndidos, devinieron en morada de la selva.

Estos primitivos habitantes ocuparon un dominio de mil kilómetros de largo, más o menos del tamaño del actual Nuevo México, desde la costa del Caribe de la península de Yucatán en el norte hasta la costa del Pacífico en el sur. Su territorio tenía tres regiones de topografías con un contraste muy marcado: la seca y polvorienta península de Yucatán al norte; la montañosa región del sur, cerca del Pacífico y la zona central –culturalmente la más importante-, con abundantes precipitaciones anuales, que permitieron una agresiva expansión selvática.

Los habitantes de la zona norte no padecieron el mismo destino que sus desdichados parientes del sur. Su cultura se aferró a la vida en el norte de Yucatán e incluso gozó de un renacimiento, extrañamente bajo monarcas extranjeros (toltecas y zapotecas). Las crónicas y las pinturas murales cuentan la historia de una invasión por mar de Yucatán en el siglo X. Los invasores eran guerreros toltecas, expulsados de su capital en Tula, al oeste de Yucatán, por una guerra civil. Constituyeron un gobierno que incluyó a algunos señores y sacerdotes mayas en Uucil-abnal, más famosa bajo su nombre posterior, Chichén-Itzá. Sin embargo, la vida de esta población bajo el dominio tolteca adquirió un matiz muy sombrío. Estos estaban muy interesados en los sacrificios humanos como jamás lo estuvieron los mayas. Inauguraron la práctica de arrojar víctimas vivas a un estanque de piedra caliza en Chichén-Itzá en ofrenda al dios de la lluvia.

De todos modos los toltecas desaparecieron bruscamente de sus asentamientos en Yucatán en el siglo XIII. Antes que los mayas pudiesen disfrutar de su libertad, una nueva invasión cayó sobre ellos: los itzás del sudoeste de Yucatán. Fueron los fundadores de una ciudad llamada Mazapán, que durante casi dos siglos fue la capital del imperio de Yucatán del norte, hasta que las revueltas internas y la guerra civil la derribaron apenas medio siglo antes de la llegada de los españoles.

El primer europeo que se encontró con esta civilización fue Cristóbal Colón, en las costas de Honduras en 1502, pero la conquista se inició de pleno en 1528; tras una fiera resistencia que duró siete años los nativos derrotaron a los españoles. Pero éstos no tardaron en volver al ataque en 1541 e impusieron su dominio con ejecuciones en masa y esclavizando a medio millón de habitantes.

A unos ochenta kilómetros de las ruinas de Tikal había surgido una nueva ciudad maya llamada Tayasal, fundada alrededor de 1640 por refugiados de la guerra civil que había destruido Mazapán. En esa ciudad de veinte templos la civilización maya –embellecida por las crónicas periodísticas pero que también estuvo preñada de trágicas tensiones-, vivió su largo crepúsculo de 150 años, ya que en 1697 los españoles finalmente buscaron y asfixiaron esta última y vacilante vida de la otrora gran civilización.


Las plumas del quetzal

Las ciudades luchaban incesantemente por las rutas comerciales, la tierra y la captura de esclavos para mano de obra y sacrificio. Cada comunidad tenía un pequeño cuerpo de combatientes profesionales pero también los granjeros terminaban de completar sus filas. Como cultivar los campos era crucial para la supervivencia de una ciudad, en las épocas de plantación y cosecha reinaba la paz. Tras la recolección en octubre se iniciaba la temporada de guerra. Los guerreros se armaban con lanzas, mazas de guerra con hojas de obsidiana y un tiralanzas llamado atlatl. También usaban hondas para arrojar piedras desde cierta distancia; para la lucha cuerpo a cuerpo empleaban cuchillos de sílex y garfios que infligían unas heridas mortales. En tiempos de guerra un monarca delegaba el poder militar en un nacom o general, quien era reverenciado por el pueblo como un semidiós. A su llegada la multitud se abría y esperaba el paso del general y su séquito con gran admiración. Igual que el mismo halach uinic, monarca u “hombre verdadero”, el nacom era llevado en una litera y unos esclavos lo abanicaban para espantar a los insectos de la selva.

El nacom y sus capitanes llegaban al campo de batalla con tocados magníficos, un acto de frío coraje, pues sabían que eran hombres marcados. El estilo de combate requería, por encima de todo, la captura y la ejecución de los líderes. Las enormes plumas quetzal verdes atraían el fuego más granado de dardos y lanzas. Si un nacom o un oficial caían, el enemigo corría hasta él y lo remataba de una puñalada y con ello señalaba el fin de la batalla.

El gusto que los mayas sentían por la guerra se frenaba justo antes de transformarse en sed de conquista. Al parecer no tenían interés en construir un imperio, sino que preferían dedicar sus energías más intensas a objetivos pacíficos: arquitectura, arte, astronomía, matemáticas y escritura. Astrónomos y matemáticos

En su libro La decadencia de occidente, Oswald Spengler expone una especie de historia natural de la civilización, en la que las culturas eran como vegetales, que brotaban, florecían y se secaban según milenarios ciclos estacionales.

Cada cultura tenía un “alma” colectiva, que le permitía acceder a nociones que no se les ocurría pensar a otras, incluyendo cosas tan abstractas como los conceptos matemáticos. Por ejemplo, los griegos no habían podido concebir el número cero porque su “sensualidad” no se lo permitía.

Solo el alma de la India había podido llegar a un concepto metafísico como la nada (sunya) y el cero que la simbolizaba. El cero era la “refinada creación de un maravilloso poder de abstracción, porque aunque el alma india lo había concebido como la base de la numeración posicional, era nada más ni nada menos que la clave del sentido de la existencia”. Una frase impresionante, sin duda, pero que para la cultura maya no significaba demasiado, ya que para ellos el sentido metafísico de la vida no pasaba por conceptuar la nada, sino que su atención estaba dirigida al ordenamiento cósmico y a la posibilidad de cálculos infinitos. Por ello, sobre una base científica muy limitada, partiendo de conocimientos teóricos prácticamente nulos, pero con una constante observación, minuciosidad en el registro, inteligencia y habilidad y, a través de generaciones de especialistas dedicados a sus estudios, los mayas lograron resultados notables en el campo de las matemáticas.

Su sistema de escritura utilizaba signos jeroglíficos, de los que se han contado unos ochocientos. Estos gráficos no se parecen a un alfabeto; más bien poseen variedad de formas: redondos, ovales o casi rectangulares con diseños que son abstractos o incluyen caras humanas o animales. Los gráficos tallados en láminas de piedra, llamados estelas, en los templos y en los paneles de pared registran las carreras de los monarcas. En esas inscripciones los escribas emplearon los símbolos gráficos para señalar nacimientos, muertes, entronizaciones, capturas y los nombres de las ciudades y los monarcas gobernantes. Unidos a esos gráficos hay símbolos para las fechas de los acontecimientos.

Los mayas estaban fascinados con el tiempo, hasta el punto de ser una obsesión. Crearon un calendario muy preciso, de hecho tenían dos calendarios simultáneos: uno ritual de 260 días y uno de 360 días con un período de cinco días anexado al final para hacerlo coincidir con el año solar. Eran pacientes y meticulosos observadores del Sol, la Luna y Venus y mantenían registros de los movimientos de esos cuerpos celestes, registros que les permitieron predecir los eclipses solares y lunares con un buen grado de exactitud. Más asombrosos han sido sus cálculos sobre los movimientos de Venus, el planeta brillante que atrajo siempre la atención de los antiguos astrónomos. Calcularon que Venus realizaba una revolución completa alrededor del cielo cada 584 días, cifra que sólo falla por la pequeña fracción de un día.

Nada de esto habría sido posible si las matemáticas mayas no hubieran inventado el cero, base de cualquier cálculo grande. Ni los griegos ni los romanos conocían el cero y sus matemáticas eran difíciles debido a ello. No fue sino hasta fines de la Edad Media que el cero llegó a Europa desde la India –la cultura india lo descubrió cerca de 300 años después que los mayas-, volvió a aparecer en Bagdad junto con los numerales indios, allá por el año 773 y, llevado por los árabes, pasó a Damasco y a Córdoba y, desde la España morisca al resto de Europa.

Los mayas inventaron el cero por propia iniciativa y lo emplearon para calcular inmensos períodos de tiempo; algunas de sus inscripciones registran fechas que están millones de años en el pasado.

Contando con pies y manos

Su sistema numérico es de base vigesimal, en que el valor de los signos varía según su posición con un signo especial correspondiente a nuestro “cero” para indicar la falta de unidades en tal o cual orden.

Para escribir sus números, los mayas emplearon varios sistemas, siendo el más sencillo el que heredaron de los pueblos zapotecas y olmecas: la numeración de barras y puntos (con valor de 5 y 1 respectivamente), al que añadieron el “cero”, representado por una pequeña concha marina en los manuscritos pintados y por una especie de cruz cuadripétala o cruz de Malta en los monumentos de piedra.

Con estos tres signos pudieron registrar cantidades que alcanzan millones de unidades y más fácilmente que con el empleo de la numeración romana con sus siete letras. Los mayas utilizaban un sistema de numeración vigesimal posicional. También tenían un signo para representar el cero y, así poder realizar operaciones matemáticas complejas. El punto tiene un valor numérico de 1 y la raya de 5. Así podían contar hasta 19, antes de empezar de nuevo en el siguiente orden. Esto tal vez se debía a que usaban dedos de manos y pies para llevar la cuenta.

Para hacer números mayores (lo mismo ocurre en nuestro sistema para hacer números mayores de 9), tenían que colocar esos signos en determinadas posiciones. Al ser un sistema vigesimal, o sea, que considera el 20 como unidad básica para la cuenta, cada espacio que se avanza en el número representa 20 veces más que el espacio anterior. Esto se entiende mejor si lo comparamos con el sistema decimal.

Nuestra unidad básica de cuenta es el 10. Tenemos, por tanto, signos numéricos para contar desde 1 hasta 9. Si queremos contar más allá necesitamos jugar con las posiciones y colocar al menos dos signos numéricos, uno en primera posición y otro en segunda. La primera posición son las unidades y las segundas, son las decenas.

Las operaciones implícitas en la numeración de puntos y barras en el sistema maya, son la adicción, la sustracción y la multiplicación. Con relativa facilidad este sistema se presta, además, para hacer divisiones.
En casos probablemente muy excepcionales, los mayas representaron los números mediante figuras humanas, que en alguna parte del cuerpo llevaban el símbolo indicativo de la cifra.

El gran enigma de los mayas –su año cero-, no se aclara desde un pensamiento occidental. Es muy probable que su punto de partida fuese una “calenda” teórica, cosmogónica, acaso la creación del Universo o la encarnación del hombre a partir del maíz, como lo señala el Popol-Vuh.

Engañar a los dioses

Las diminutas islas de Jaina, justo en las afueras de la costa occidental de Yucatán, han aportado algunas de las estatuillas más hermosas que se han encontrado en América. Los mayas emplearon la isla como cementerio, donde un mínimo de veinticinco mil personas fueron enterradas con esas estatuillas en los brazos.

En un principio las figuras se pintaron con colores brillantes, huellas de los cuales aún siguen en la arcilla, en especial el tinte tan apreciado y conocido como el azul maya, fabricado con un extraño mineral.

Las estatuillas son tan realistas que pudieran llegar a ser retratos verdaderos de los mayas enterrados en Jaina, más nadie sabe con exactitud qué son. Puede que ni siquiera se trate de gente real, sino de personajes de un mito que trata de dos gemelos que engañaban a los dioses del otro mundo, o quizás sea un estilo maya de mantener una semblanza de vida en la tumba. De todos modos las estatuillas Jaina son vivaces y exuberantes. Los desconocidos alfareros que hicieron las figuras, entre los siglos VII y X, retrataron con expresividad una amplia variedad de dioses, animales y personas: señores dignos, cocineros, músicos, jugadores de pelota, sacerdotes, tejedores y desdichadas víctimas en el momento de ser torturadas.

Algunas de las figuras son silbatos y otras matracas, produciendo sonidos que las hacían parecer mágicamente animadas. Los mayas quizás creyeran que las figuras silbantes podían invocar las almas de los muertos en el mundo de los vivos.

Los mayas desplegaron una organización de vida y conocimientos tan relevantes que cuesta admitir su abrupta desaparición. Por otra parte, el hecho de que este pueblo genuinamente rico y talentoso se desarrollara lejos y completamente al margen del continente europeo, describe una triste paradoja: tal vez hubiera sido otro su destino de no mediar esta circunstancia.
El misterio del poder emplumado
Nobles mayas con túnicas blancas soportan el peso de sus fantásticos tocados, de sus adornos marinos y sus esplendorosos jades.
Imprimir el Artículo   Recomendar el Artículo   Exportar el Artículo a PDF   Compartir en Facebook   Compartir en Twitter

Otras notas de esta edición

¿En qué consiste el perdón?
Irene Bauer / Periodista
Las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, en 1933
El diputado
El Arca / Redacción
Retrato de familia
Los Simpson y el pensamiento tradicional en los Estados Unidos
María Cristina Rosas / Profesora e investigadora adscripta a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Human Right Watch en Afganistán
Mujeres, de nuevo olvidadas
Ana Muñoz / Periodista española especialista en temas de género
¿Conflicto o negociación?
Hacia una ética del agua
Olga E. Aman / Periodista
Cuentos breves
Pequeñas muestras de gran literatura
El Arca / Redacción
Otra mirada sobre la crisis
Queremos creer
José Luis Mangieri / Poeta y editor
Volvió la guerra fría
Otra vez sopa
Daniel Della Costa / Periodista y escritor
Tijerazos
Se trata de una vieja parábola judía,  tan bella como apropiada al momento financiero internacional.
 “Cuentan que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino.
El rabino tomó la mano, lo acercó a la ventana y le dijo "mira".
El rico miró por la ventana a la calle.
El rabino le preguntó: "¿qué ves?".
El hombre le respondió: "veo gente".
El rabino volvió a tomarlo de la mano y lo llevó ante un espejo y le dijo:- “¿Qué ves ahora?".
El rico le respondió: -"Ahora me veo yo".
"¿Entiendes? En la ventana hay vidrio y en el espejo hay...
Huellas de Píndaro
Huellas de Píndaro
De Grecia arcaica al presente
Tiza y pizarrón
Tiza y pizarrón
La educación por especialistas
Perfiles
Perfiles
La ciudad y sus mejores obras
Cachamai
ineba
biblioteca unesco
Guias VIP
habitues teatro colon
riglos
todo opera
espacio y
siglo XXI
biblos
de la flor
el ateneo
area paidos
lumiere

ead / elarcadigital

Viamonte 1716 - 3 - 16 (C1055ABH) - Buenos Aires - Argentina

(54 - 11) 4371-0922

elarcadigital.com.ar no se responsabiliza por material de cualquier tipo no solicitado, ni tampoco por la devolución del mismo.

Las colaboraciones firmadas expresan la opinión de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de la revista.

La línea editorial de la revista se expresa exclusivamente a través de los textos firmados por su Consejo Editor.