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Volvió la guerra fría

Otra vez sopa

Daniel Della Costa / Periodista y escritor
Resulta más que difícil predecir hacia dónde se dirige Estados Unidos. Se ha dicho que invadió Irak para asegurarse sus extraordinarias reservas petrolíferas. Sin embargo ni aún el señor mayor y gran contribuyente, capaz de creerle a una señorita de la farándula que le jura que lo ama a pesar de ser viejo, gordo y pelado, podría digerir semejante excusa y mucho menos suponer que esta historia vaya a concluir aquí.

Para evaluar las consecuencias del paso dado por EE.UU., y en tren de buscar una situación que explique cómo se deben sentir los árabes con esta colonia norteamericana enclavada en Medio Oriente, bastaría con imaginar cómo se sentirían los argentinos y los brasileños si China invadiese Uruguay. Y diese como pretexto para ello que los charrúas están fabricando la bomba de neutrones en el departamento de Canelones, aunque se sospeche que en realidad lo que busca es asegurarse el aprovisionamiento del inigualable arroz con leche cisplatino.

Más allá de que los "yoruguas" se diesen o no por vencidos, cabe imaginar la intranquilidad que se apoderaría de los sudamericanos por el hecho de verse, de pronto, vecinos de una superpotencia armada hasta los dientes, cuyos nativos son, además, amarillos, no se les entiende lo que hablan, prefieren el ping pong al fútbol, comen nidos de golondrina y huevos de cien años, juegan al ma-jong, desconocen el truco y se las verían en figurillas con sus palitos, ante un asado de tira.



Siria, Irán y su ruta

Vale decir que la nueva circunstancia geopolítica creada por la ocupación de Irak, ya es motivo suficiente como para suponer que las cosas no pueden detenerse allí. Y que si la secuencia de conflictos con el mundo musulmán se inició en Afganistán y prosiguió en Irak, es muy fácil que muy pronto se extienda también a Siria, Irán y su ruta. Pero como si esto fuera poco también hay otra crisis latente entre los Estados Unidos y Corea del Norte, cuya peligrosidad es aún mayor por dos motivos: uno, los norcoreanos, aparte de tener muy mal carácter, cuentan con la bomba atómica; y otro, son vecinos de China (que ya intervino una vez cuando los norteamericanos, en la guerra de hace 50 años, pretendieron avanzar sobre Pyongyang) y de Rusia. Pero la reseña no termina aquí.

El gobierno de George W. Bush ha dicho además que se propone revisar sus relaciones con Francia, debido a que este país no lo secundó cuando se lanzó a derrocar a Saddam Hussein, y tampoco parece dispuesto a aceptar los reclamos de las Naciones Unidas para que la ocupación de Irak se efectúe garantizando ciertos derechos mínimos a su población. Item más, estuvo a punto de derrocar a Hugo Chávez en Venezuela, ha asumido compromisos militares en Colombia y no se descarta que también los tenga en Bolivia.



Se agrandó Chacarita

Ante este panorama sólo caben dos conclusiones: una, la fácil, se agrandó Chacarita. Bush está más cerca de Open Door que de la Academia de Letras y los halcones que lo rodean le tienen sorbido el seso que subsistió al embate del Jack Daniel´s; y la otra, que están trabajando a full para restablecer la guerra fría, lo que podría responder tanto a razones económicas como sentimentales. Porque por un lado, es cierto, la guerra fría constituyó durante años, por lo menos hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989, un fuerte aliciente para que el presupuesto militar norteamericano se mantuviera inexpugnable a la pretensión de ningún recorte, con el consiguiente beneficio para las empresas que vivían de él.

En consecuencia, renovar la tensión a través de la operación en Irak, ya justificó los 400 mil millones de dólares anuales de gasto en hombres y equipamiento, más un refuercito de unos 80.000 millones, lo que no viene mal en tiempos como los actuales. Pero además el fin de la guerra fría, como bien lo recuerdan todas las personas mayores de 30, fue el fin también de una serie de tensiones, sospechas, conatos y proyectos delirantes, como el escudo espacial de Reagan, que mantuvieron en suspenso a la opinión pública y constituyeron la base de centenares de éxitos editoriales y cinematográficos. Reabrir esa etapa, aunque los antagonistas potenciales no sean los mismos, servirá para que las nuevas generaciones puedan participar también de aquello de que los privó la disgregación de la Unión Soviética. Es cierto, se corre un riesgo, ya que nadie sabe en qué momento este revival puede cruzarse en serio con los intereses de algunas de las naciones o grupos de naciones que están en condiciones de equilibrar el poderío tecnológico y la capacidad destructiva de los EE.UU., y armarse la de San Quintín. Pero hasta ahora, Hollywood se las ha ingeniado para brindar siempre finales felices y no hay razones para pensar que pueda ser distinto.



Si volviera FDR

Tal vez la única sombra que se cierne sobre esta perspectiva tranquilizadora de largo plazo, proviene de adentro de los Estados Unidos. En efecto, se ha dicho hasta el cansancio que la verdad es la primera víctima de las guerras. Y que las de Afganistán e Irak no fueron una excepción. Primero se abrumó al enemigo que se pensaba atacar atribuyéndole una suma de ruindades, calificándolo de estado terrorista, de eje del mal y dando por cierto que contaba con armas de destrucción masiva. Como ha estado muy claro, esto no ha sido suficiente para convencer a la mayoría de la opinión pública mundial, pero sí a los norteamericanos que, en más de un 70% aprobaron los ataques y siguen respaldando a su presidente. Lo preocupante es que este consentimiento interno se ha logrado pasando por encima de las mejores tradiciones. Y aquí es bueno recordar que Franklin Delano Roosvelt, además de haber sido el presidente que sacó a su país de la depresión y el que hizo una contribución decisiva a la victoria aliada frente al nazismo, legó a sus conciudadanos una suerte de cuatro mandamientos o cuatro libertades, esto es: de palabra, de culto, de la miseria y del temor. Por lo que si su fantasma vaga aún por las cercanías de la Casa Blanca, así como se habrá divertido con las travesuras de Bill Clinton en el salón oval, se le habrá arrugado la sábana de sólo ver el estado de pavura en que se ha sumido al pueblo de su país.



Jugando con fuego

Sin necesidad de hacer ingresar también este hecho en el pantanoso terreno de la suspicacia, es indudable que a partir del ataque, por una organización terrorista, a las Torres Gemelas y al Pentágono, los norteamericanos viven en un estado de temor, llenos de prevenciones, pendientes de atentados que nunca se producen, sujetos a un código de alarmas transmitido a diario como si el país estuviese en guerra y con las noticias cuidadosamente filtradas en obediencia ciega al Acta Patriótica impuesta por el gobierno.

Este estado de cosas, sabiamente manejado y mantenido a través de una red de inteligencia que opera en todo el mundo, pero con mayor eficacia en el mercado interno, ha conseguido su objetivo: los ciudadanos están lo suficientemente atemorizados como para mantener su respaldo a Bush, a pesar del delicado cuadro de confusión que revelan su mirada y ese extraño rictus que se le escapa de los labios, y justificar un gasto en armamento creciente. Si este juego se resolviera internamente el tipo que está aquí, tomándose unos vinos en la Costanera o en Varsovia, contemplando el Vístula mientras trasiega una vodka con cerveza, no tendría porqué preocuparse. Pero lo que ocurre con el recurso del temor es que no se puede mantener eternamente sobre la simple base de rumores y advertencias; requiere, para seguir siendo efectivo, de que se produzcan, efectivamente, o conmociones internas atribuibles a agentes externos o conflictos internaciones reales o provocados, que sirvan para prolongar la suspensión del primer y cuarto mandamientos de Roosvelt y para mantener en el olvido el tercero.

Además y en la misma medida en que el presupuesto militar crece y se multiplica, tiende a prolongarse también este juego, ya que uno requiere del otro para subsistir y justificarse. La consecuencia de todo esto es que lo que empezó en Afganistán e Irak, por causas que los norteamericanos dieron por ciertas y respaldaron, puede llegar a repetirse, agitando cualquier otra razón cierta o inventada, en cualquier otra parte del mundo, con lo que este conflictuado planeta ingresaría en un período de zozobra permanente. Muy buena para la venta de ansiolíticos e igualmente favorable para la fabricación de naves espaciales capaces de llegar a alguna otra galaxia.

Los argentinos acaban de votar para elegir nuevo presidente. La mayoría habrá quedado disconforme o tal vez suponga que las cosas no mejorarán. No importa. Si Bush sigue apostando fuerte a los
conflictos internacionales, calcula mal y se topa con otro tan mal encarado como él, es posible que también la Argentina, que todavía no ha sido incluida en el eje del mal y es público y notorio que no tiene otras armas de destrucción masiva que sus propios dirigentes, también sufra las consecuencias. Y entonces esta Argentina de los dieciocho candidatos, de los cartoneros y los piqueteros, de los cacerolazos, de los pungas y de los secuestros express, sea recordada con auténtica y justificada nostalgia.
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